La caja azul
Llegó agotado a la casa;
había sido un día muy pesado, sin duda. No había nadie, ¿a quién iba a
encontrar cuando realmente vivía solo? Su última compañía había sido Zeus, su
inestimable perro fox terrier que recién había muerto de una enfermedad
gastrointestinal. En realidad él decía que estaba solo pero siempre que entraba
a su casa después del trabajo sentía la sensación de que había alguien allí. Tan
convencido llegaba de que había otra alma aparte de la suya en ese pedazo de
casa; una vez adentro se daba cuenta que era en vano.
El psicólogo le había
dicho que existía la posibilidad de que eso fuera un trauma. O quizá un anhelo
fracasado. Si bien esas eran las grandes posibilidades, todavía necesitaba
averiguar la verdadera causa, ello implicaba tener que ir a más de una terapia.
Nunca más fue, no era porque no le importaba sino que desconfiaba de los
psicólogos, sea quien fuera. Aun se preguntaba cómo es que había logrado ir a
esa cita, quizá fue porque le dio un ataque de ansiedad y el psicólogo fue el
primero que encontró para buscar ayuda para calmarse, era muy probable.
El trauma estaba
descartado. A lo mejor era un anhelo fracasado. Esto último ganaba puntos por
el hecho de que todo había empezado cuando se mudó a la nueva casa, a la
propia, a la suya y no había encontrado quien lo recibiera. A lo mejor era
vieja maña que traía de la antigua casa, donde casi toda su vida siempre
encontraba a sus papás, hasta que fallecieron. Solo quedó su hermana mayor,
quien la mayoría de veces lo recibía cuando regresaba del trabajo.
No le daba muchas vueltas
al asunto, odiaba pensar mucho en los problemas, así que lo más práctico era
aceptar que se sentía solo y seguir la vida: dormir, comer y trabajar. Algún
día, pensaba él, ese meollo se iba a aclarar él solito, por lo que por el
momento convenía más no torturarse mucho la cabeza pensando tanto.
Recordando, él había
llegado cansado a casa y no había encontrado a nadie. No tenía apetito, así que
solo arregló unos papeles y decidió irse a dormir. La música, vale decir que
era un fenómeno extraño, ya que su aparato de sonido emitía m los días de seis
de la tarde a ocho de la noche, está vez era suave y le ayudó a conciliar el
sueño.
Soñó. Llegaba a la escuela
a esperarla a ella. Justamente a la entrada del aula estaba ella esperándolo.
Se encontraron y caminaron un par de metros y se sentaron a platicar. Él tenía
inmensas ganas de besarla pero había algo que se le impedía. En un abrir y
cerrar los ojos ya se encontraban en la casa de ella; un niño menor de cuatro
años jugaba alegremente en la sala, la presencia de ellos parecía no importarle
en ninguna medida. A ella la tenía enfrente, mientras la miraba el deseo de
besarla le aumentaba, le era difícil disimularlo, su corazón latía muy fuertemente.
Hasta que se le hizo tarde. Unos nubarrones anunciaban una noche muy lluviosa.
Se dispuso despedirse de ella. El impulso pudo más que su voluntad, la abrazó e
inmediatamente la empezó a besar con tanta pasión, como que fueran los últimos
besos de su vida que le iba a dar, se sintió liberado, importante, realizado,
pero lo mejor es que sintió, al fin, que existía para alguien más. Despertó.
Vio la hora en su celular
y faltaban cinco minutos para las cinco de la mañana, su corazón aún latía como
en el sueño, no le dio mucha importancia, lo era más el hecho de levantarse y
arreglar todo lo necesario para ir al trabajo. Recordar el sueño podía esperar
a algún momento mientras estaba en su oficina. Así que se levantó, se bañó,
preparó la comida, desayunó, preparó sus cosas y se fue sin más.
Efectivamente, estando en
la oficina se dio la tarea de recordar el sueño, cada imagen, cada sonido, cada
sensación y cada sentimiento los deleitaba al máximo. Se podría decir que
volvió al soñar el mismo sueño. Interpretarlo no le importaba, no lo había
recordado para eso sino para revivirlo, para disfrutarlo con libertad.
Una vez deleitado ese
sueño tan excepcional, sacó su ramillete de llaves y eligió la más pequeña, con
la cual abrió una caja pequeña de madera azul que mantenía en su escritorio,
sacó de ella una pequeña libreta; era su diario personal. Escribió un par de
páginas a la ligera y cuando hubo terminado cerró la libreta, guardándolo de
nuevo en la caja, la cual aseguró con llave. Esto era habitual en él, no sabía para
qué escribía en ese diario pero le fascinaba hacerlo, quizá para hacer pasar el
tiempo agobiante del trabajo, quizá por pura diversión.
Llegó a casa cabalmente,
como siempre, a las seis con veinte minutos de la tarde. La música sonaba
alegremente, era un clásico, específicamente la canción Your song, de Elton
Jonh. Además, escuchó una voz algo suave allí por la cocina pero no le dio
importancia. Un olor a frijoles quemados inundaba la casa, aunque no recordaba
haber dejado los frijoles en el fuego en la mañana. Quizá era olor que venía de
la casa vecina o quizá era realmente su cocina. No, quizá era una alucinación.
Le daba igual. Así que ordenó los
papeles como siempre y después se dispuso a cenar. Solo encontró frijoles
quemados, lo que decía que efectivamente que ese era el olor que había sentido
al inicio. Qué rareza pensó, aunque no era la primera vez que le pasaba. De
todos modos no iba a cenar frijoles ese día, le apetecía un pan con pollo de
esos que vendía una vecina a tan solo una cuadra de su casa, asimismo iba a
pasar aprovechando para comprar un poco de frijoles para el desayuno del
siguiente día.
Creía entender esa serie
de sucesos, la música, la voz, los frijoles quemados… pero había algo que le
intrigaba, más no temía nada. Solo era una especie de intriga psicológica,
saber si en verdad estaban sucediendo esas cosas o solo era un efecto de su
cansancio del trabajo, también de la vida; estaba cansado de la vida, de lo
mismo, de la indiferencia de los demás o quizá el indiferente era él, de la
soledad de su casa y de alguien con quien compartir, quizá por esto último era
que escribía en un diario, a lo mejor era su gran amigo, confidente y baúl para
guardar recuerdos. O tal vez era una
ilusión o, en el peor de los casos, señales de alucinación. Sobre su cabeza
recordaba una vieja frase oriental que dice más o menos así: “soñé que era una
mariposa, ahora una vez despierto no sé si soy un hombre que sueña que es una
mariposa o una mariposa que sueña que es un hombre”. Qué gran dilema, más por ser
un hombre pragmático no se detenía a resolver la intriga.
Fue por el pan con pollo y
los frijoles. Cenó y una hora más tarde se fue a acostar. No tenía sueño pero
sí ganas de estar acostado. Se recordó
del sueño de la noche anterior. Deseaba que fuera verdad. Esa mujer era un amor
que él había deseado en el pasado, se enamoró de ella desde el primer día que
la vio en la puerta que daba entrada al instituto de la Ciencia psicopedagógica
que poseía la ciudad. Nunca fue suya, al menos no totalmente porque ella era un
amor prohibido, uno de esos fugaces pero intensos que te dejan un recuerdo que
ni la amnesia puede eliminar. Qué tristeza, se decía para sí mismo. En vez de
ella, su vida fue prometida a otra que después del cisma romántico que encierran
tantos matrimonios se vino en pico para abajo, la cercanía e intimidad se
volvió indiferencia, un cuadro digno de una película que bien podría llamarse
Cómo vivir siendo indiferente con tu pareja. Fatal.
La música se apagó esta
vez dos horas después, cosa que raramente sucedía pero cuando acontecía se
apagaba puntualmente a las 10 pm. Nunca supo por qué sucedía eso, aunque tenía
la sospecha de que era por algunas visitas, ya que escuchaba murmullo de dos
voces diferentes de mujer en la sala. Nunca quiso levantarse a averiguar, no lo
necesitaba se decía. Lo que sí le intrigaba es que estaba despierto todavía, a
plena diez de la noche; no sentía nada de sueño, es más, sentía como que
acabara de levantarse. Eso le daba miedo, odiaba que le costara levantarse al
siguiente día, odiaba llegar cansado al trabajo, odiaba llegar desganado,
odiaba tener más sueño que ganas de escribir en el diario de la caja de madera
azul.
Efectivamente, no pudo
dormir mucho, y para sorpresa de él mismo, no se sentía cansado ni con sueño. Qué
raro, pensaba; en realidad toda la noche había sido rara, ya que se había
sentido que habitaba en un lugar solitario donde reinaba el silencio y lo único
que rompía eso era la música. Ese ambiente le empezaba a fastidiar. No se había
mudado de casa para eso y, por primera vez, decidió a ponerse a pensar, aunque
sea un poco, mientras estaba en la oficina.
Solo arregló unos papeles
pendientes y no perdió tiempo para sacar su diario de la caja azul; escribió
sus temores y trató de buscarle un significado. Pasó casi dos horas en esa
tarea, sentía una felicidad estar pensando sobre lo que pasaba en su casa,
tanto que eso era lo único que le importaba, los papeles podían aguardar para
en la tarde, o para nunca. Sonreía mientras escribía, cosa que casi nunca solía
hacer. Sus ojos brillaban como nunca. A lo que acontecía en la casa le empezaba
encontrar sentido y eso le daba paz.
Dieron las doce del
mediodía. Guardó su diario y esta vez se llevó la caja consigo a su casa. Una
vez llegó se fue directo al cuarto a recoger un poco de dinero y una chaqueta.
Escuchó que alguien abría la puerta de entrada de la casa lo cual ignoró con
una sonrisa burlona. Se peinó, se perfumó y salió a la sala. Allí en la mesa
principal dejó la caja azul. Se marchó sin decir nada.
En la noche dos policías
entraban a la casa. Él no se había presentado a la oficina en la tarde. Su
celular aparecía sin servicio y nadie sabía nada de él. Así que el jefe y ella
se pusieron de acuerdo en reportar a la policía y el departamento mandó a esos
dos hombres a indagar. Uno de ellos se puso a interrogar a ella, mientras el
otro husmeaba por toda la casa en busca de pistas, mientras la música, ¡oh
infaltable música!, sonaba con una melodía de The Beatles. Ya entrada las nueve
de la noche, los policías dieron por finalizada la tarea preliminar. Se
disponían a irse cuando el que husmeaba se fijó en la caja azul, le llamó la
atención el color, era tan intenso que parecía una perla. Le preguntó a ella
que de quién era y respondió que desconocía su procedencia, que nunca la había
visto y que desconocía desde cuando estaba allí. El policía la tomó. No tenía
llave, él la dejó así premeditamente. El tipo la abrió y encontró un
cuadernillo. Lo sacó y lo abrió, solo contenía una hoja donde había escrito un
párrafo, las demás había sido arrancadas. Leyó que el párrafo decía: me he ido
a vivir, sí a vivir aunque no me crean, a vivir con ella o quizá a soñar. Quiero
ser alguien, quiero existir para alguien, quiero que sientan mi presencia. No
me busquen, algún día regresaré. Me pueden llamar loco si quieren, pero es mejor
estar loco que no ser nadie.
El policía pareció no
entender nada. Se lo dio a ella para que lo leyera y le explicara el
significado pero solo palideció, mientras de música sonaba:
I
just want to feel real love
Feel
the home that I live in
Because
I got too much life
Running
through my veins
Going
to waste
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