Entre un dardo y una flor
Él nunca jugó con los sentimientos de ella, su temple serio, no tan serio que se diga, no le dejaba agarrar las cosas como un juego, prefería ir con toda la seriedad posible aunque, eso sí, le daba un toque de romanticismo según la ocasión.
Desde el primer día que la vio supo que algo tenía que hacer, puesto que algo de ella le había llamado la atención, intuía que ella tenía algo que él podía ganar. Y cuando la intuición le llamaba, era de arriesgarse, ya que estaba tan convencido que no iba a fallar. No obstante, no sabía qué era ese algo, pero su espíritu aventurero, ese espíritu que te puede llevar por igual al fracaso o a la gloria, le decía que sería algo por lo que había que sudar adrenalina. Intentarlo hasta que ganara o le dieran el portazo, de todos modos, y al fin de cuentas, peor era no hacer nada..
Así que no perdió el tiempo en inútiles pensamientos de que si valía la pena o no. Se lanzó a la aventura como un guerrero que va dispuesto a ganar la guerra o a morir con honor. ¿Pero por qué a una "guerra"? La cuestión era sencilla: tenía claro que ganarse a una mujer es una dura batalla, al menos de los tipos que a él le atraían, más que convencerla, tienes que demostrarle que tan lejos puedes llegar por ella, no importa si sigues corriendo, caminando, arrastrándote o agonizando. Es una guerra donde luchas contra el tiempo y tienes que jugartela con las mejores estrategias.
Así, con ese convencimiento tan fuerte, allí a la salida del estudio dio el primer aviso que no fue nada más que una mirada interesada pero misteriosa a la vez. Que si ella había agarrado esa mirada como algo trivial no era su problema, ya que él creía que las mujeres tienen esa costumbre de interpretar esos detalles como cosa comunes que los hombre hacen. Pero no importaba. Lo interesante era que él estaba tirando la pelota al otro lado y podía que al rato ella se la devolviera con mucha intención.
El segundo intento fue al siguiente día, ya que no había que perder el tiempo para no perder el interés. Esta vez fue una mirada, pero de esas miradas que hablan, o quizá solo susurran inintengiblemente para dejar sorprendido y con curiosidad a la otra persona. Ella le respondió con una sonrisa espontánea. Sin tiempo que perder, él le soltó un hola. No hubo repuesta, tan solo el eco del viento que chocaba contra la melena de ella y la mecía sensualmente. Qué dilema. ¿Fue una ignorada o simplemente se guardó la respuesta para otra ocasión? Cualquiera que fuera la causa, ya era un dolor de cabeza para el resto del día. La locura por una mujer también vuelve loco la tranquilidad.
Como era un tipo a todo dar y que no pierde el tiempo, que vive el hoy como que también fuera el mañana, volvió a estar pendiente de la salida del estudio. Allí venía ella sonriente, como si supiera que en la materia gris de él solo había cabida para ella. ¿O no le gusta a las mujeres ser el centro del ser de los hombres? No hay por qué discutirlo dada la obviedad del asunto. La cuestión era que ahora, aparte de la mirada y el saludo, le iba a dar una flor que era de esas que llaman cartuchos, aunque vale aclarar que él no tenía claro por qué le encantaban tanto esas flores, quizá porque a su madre le fascinaban, la volvían loca, tanto que cuidaba su cultivo de cartuchos en el jardín como si fueran la mejor joya del mundo. Aun así, que fuera un cartucho también iba acorde a sus pensamientos, ya que quería que la dichosa flor fuera el cartucho cuya pólvora rompiera el hielo y pudieran irse a conversar aunque sea bajo un palo de mango que tanto abundaban por esos lados. Claro que funcionó. La doncella accedió contagiada por la magia letal de persuasión que esconden las flores. Pasaron la tarde en una conversación que está de más decir de qué trató, ya que todos saben de qué se habla en esas citas primerizas, que, más que ganas de platicar, son pruebas para ganarse la confianza.
Así estuvieron casi una semana, tanto que han de haber aburrido al palo de mango de escuchar los mismos cuentos entre ellos capaz de crear la biografía más completa de cada uno. ¿Qué él estaba cumpliendo su objetivo? Todavía no era seguro. Todavía no le había hecho la propuesta, dudaba, quizá por ese misterioso dilema de que las mujeres a veces solo dan amistad donde los hombres creen que hay algo más que eso. De todos modos, él sabía que nada perdía, así que le dijo a ella que le gustaba, es más, le encantaba, que deseaba ser algo, entiéndase ese algo como intimidad, explorar más allá donde se puede descargar la locura del amor. Ella solo sonrió, como aquella vez, le dio un sonoro beso en la mejía, le dijo hasta mañana y se fue sin más. ¿Lo había dejado plantado? Tampoco era seguro. Parece que en esta vida, al menos en la amorosa, nada es seguro.
Siguiente día. Bajo el palo del desdichado mango estaba ella, sospechosamente puntual, dado que nunca había llegado antes que él. Se saludaron y platicaron un rato. Hoy sí. Hoy sí tocaron las trompetas de la declaración. Él tan romántico como siempre le dio una carta con un poema donde le declaraba su amor. Invadió el silencio, como si el universo también estuviera pendiente de la repuesta. La naturaleza es sabia y sabe también participar del banquete. No hubo repuesta, al menos no de manera oral e inmediata. Ella solo le dio un sobre pero con la condición de que la leyera en su casa. Repitió el sacro ritual de un beso a la mejía, el hasta mañana y la película de ella yéndose despacio moviendo esa melena tan celestial.
Una vez en casa, emocionado abrió el sobre que ella le dio, no había nada dentro, absolutamente nada, o quizá solo una especie de desconsuelo que él agarró muy en serio. Cerró el sobre y lo puso sobre la mesa. Miró el reloj y se dio cuenta que ya era muy noche al tanto que caía en la cuenta del significado de esa supuesta carta: ella nunca le había mostrado nada, el sobre era una especie de metáfora donde ella le decía de que no esperara encontrar algo donde no había nada. O para dejarlo más claro, donde nunca había existido algo.
Al siguiente día ya no fue a buscarla bajo el palo de mango. No fue en vano, ella tampoco llegó y quien sabe por qué. A él tampoco le importó averiguarlo por su propia cuenta. La única duda existencial que había sido la única cosa ella le dejó era que su repuesta, o para quedar claro, su carta era un repuesta definitiva o una invitación a la aventura con lo desconocido. Por lo tanto, tampoco sabía el intento de conquista había sido una gloria o un fracaso. Qué problema ese. Ahora resolverlo era su locura.

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