Telegramas al cielo estrellado



Era el primer día que daba clases. Le había costado encontrar el aula, así que llegó pasadita de la hora de entrada. Ya estaban todos los alumnos sentados. Entró, saludó y fue a poner sus libros, plumones y apuntes al escritorio. Miró de manera fugaz al aula, y empezó a contar cada alumno mientras le dirigía una mirada. Unos tenían una cara de asustado, otros de alegría y unos de cara de que no pasa nada. Pero le llamó poderosamente la atención la mirada de una chica, mirada tímida pero agradable. 

Era una chica casi trigueña y pelo casi rubio, en realidad no estuvo seguro que fuera rubio, pero le parecía que lo fuera, de todos modos, nunca se había aprendido los colores…
Se presentó personalmente y dijo algunas palabras de motivación antes de pasar a dar la primera clase. Durante las dos horas que duró la clase, de vez en cuando le tiraba alguna su mirada a la chica del pelo supuestamente rubio y mirada agradable, aunque claro, disimuladamente, al menos así cría él, porque la verdad es que nunca había sido bueno para mostrar disimulo.

Después de dos horas clases, fue tiempo de retirarse. Se despidió de sus alumnos. Pasó a firmar a la oficina de la dirección y posteriormente se largó a casa.

El trayecto a casa fue una labor de reflexión para él. Le había agradado el ambiente que encontró en el aula y, además, se había llevado una buena impresión de sus alumnos. Pero esa mirada, la de la chica de pelo cuasi rubio, también le había hecho reflexionar; algo tenía ella que había despertado en él ciertos sentimientos de un solo disparo, aunque pensaba, sin duda, que ella tenía cierta belleza que le llamaba la atención.

Llegó a casa y se dispuso a guardar sus libros. Almorzó y después se fue a dormir un rato en su hamaca de pita, de todos modos vivía solo y nadie lo podría molestar. Aproximadamente una hora después despertó. Se fue a encerrar a su biblioteca para preparar las clases del siguiente día. Mientras desempolvaba en su archivero ciertos papeles que consideraba que le podrían ser útiles, se encontró con el código postal de su gran amigo Moisés. Sintió alegría y ganas de escribirle, así que no perdió tiempo en cumplir con el deseo.

Martes 24 de marzo

Estimado Moisés, espero que te encuentres de maravilla en esa tierra que tanto soñaste. Decirte que te echo de menos amigo, tanto tiempo sin verte, tanto tiempo sin contarnos las historias de nuestra vida cotidiana; aquellos atardeceres en que nos sentábamos bajo la sombra del copinol para filosofar, para encontrarle sentido a la vida, para admirar el cielo estrellado. Qué tiempos aquellos, amigo mío, tiempos de ganancias, tiempos de sacar las penurias y hacerle catarsis al alma. De todos modos, tal como lo intuimos varias veces bajo el bendito árbol, la vida sigue rumbos insospechados, y de la nada aquel ritual sagrado se rompió al mismo tiempo que se rompió nuestra cercanía, tú viajaste hacia la tierra de tus sueños, mientras que yo me quedé viendo envejecer el dichoso copinol. Quizá el destino, quizá la suerte, quizá alguna mano divina, no lo sé, pero me encontré el código postal que me dejaste para que te escribiera, como una continuación para relatarnos nuestras historias y que por muchas razones no se cumplió vuestro deseo... Pero, como ves, aquí te escribo, Moisés, esperando que lleguen a tu destino. Tengo mucho que contarte, quizá hasta saldría mejor escribirte un libro… pero no importa, últimamente me han sucedido experiencias que te hubiera gustado escucharlas, pero igual, aquí te cuento algo. Después de dos años trabajando en la escuela del pueblo, me han dado la oportunidad de ser maestro en la universidad, aquella donde siempre soñaste ir y la pobreza no te dejó. No te imaginas la felicidad que me irradió esa oportunidad que me dieron. Hoy di mi primera clase, y me fue de maravilla, Moisés, de maravilla de verás, todo salió según lo planeado. Pero sé que eso no es lo que te hubiera emocionado tanto, sino que sucede que comprobé nada más y nada menos ¡la existencia del amor a primera vista! Oh, el tema de exclusivas discusiones en aquellos tiempos. Cómo las recuerdo. Sé que te vas a reír, siempre estuvimos de acuerdo en que semejante cuestión era pura fantasía. Pero qué hermosa mujer que es esa alumna. Moisés. Estaba apostada a la entrada del aula, lo que me permitía verla de perfil. Quedé encantado de primeras, Moisés, encantado como esos cuentos de hadas que tanto odiabas. Su pelo, su cara, pero sobre todo sus ojos que le daban magia a su mirada, eran encantadores. Ya no digas cuando la escuche hablar al frente del aula… Así ya sabes cuanta motivación ando ahorita. Ahorita mismo la estoy recordando. Creo que hasta voy a soñar con ella. Qué experiencia para contarlo bajo el sagrado copinol, hubiéramos armado un buen debate, de esos largos y brillantes… Pero ni modo, es lo que tenemos. Espero no haberte aburrido con este breve escrito. Te mantendré al tanto amigo, espero que esta carta llegue a tu destino. Te adjunto mi dirección postal, espero puedas responder. Con aprecio, tu amigo.
** ** **

Después de un par de día él se animó a hablarle a la salida de la clase. La abordó mientras se dirigía hacia el pasillo principal de la universidad.
- Hola muchacha que siempre se sienta hasta atrás para poder comer en clases.
-Jaja, ¿por qué lo dice, usted?- dijo ella poniendo cara con algo de pena-.
-Porque es lo que veo en las clases. ¿O no es verdad?
-Jaja. Solo a veces, raras veces, usted.
-Mmm, pero en la clase siempre te veo comiendo, pero no te preocupes, cuando el hambre llama, hay que comer porque es un mandato de la naturaleza.
-Ya ve, por eso lo hago, jaja.
-Y por eso lo seguirás haciendo- le dijo él con ironía-. Te dejo, nos vemos el próximo día.
-Gracias. Adiós profesor.

La plática fue amena, cortísima pero fundamental para él  Para romper el hielo. Para ganar terreno. La amabilidad de ella era un buen índice para empezar a conocerse mejor, eso sí, se había mostrado muy tímida pero no era algo de qué preocuparse.

Jueves 9 de abril
Cuánto me alegra saber que estás muy bien amigo, no sabes la felicidad que sentí al saber que tienes familia y trabajo, que estás encantado con la ciudad de tus sueños. Entiendo que casi no podrás leer mis cartas, pero igualmente cumpliré con mantenerte al tanto, si eso te hace tanto bien, Moisés, aunque tal vez ya no me vuelvas a leer, tal como me lo has hecho saber. Aun así, te vuelvo a escribir, recordando que la esperanza es lo último que se pierde. ¿Cuándo se pierde la esperanza?, fue una de las preguntas que nos hicimos cierta tarde. No logramos llegar a una repuesta definitiva, pero estuvimos de acuerdo que mientras exista la vida siempre hay esperanza, porque la vida misma es esperanza. Así que te escribo, nuevamente, con la esperanza de que leas algún día mis telegramas y me des tu opinión, amigo. En cuanto a la chica del amor de primera vista (sabías que ibas a tomar tan en gracia esta cuestión), ya conozco su nombre: Victorique. Hemos platicado un poco y déjame decirte que tiene una hermosa voz, dulce y suave, que enamora. Sencilla y sensual a la vez. Si tuvieras la oportunidad de conocerla, Moisés, estarías de acuerdo en darme la razón sobre el amor a primera vista., o quizá no, ya que siempre fuiste un tipo duro de convencer a la primera. Ya veremos, y te mantendré al tanto del rumbo que toma esta historia que me empieza a fascinar. Una última cosa, si puedes responderme, hazlo, estaría agradecido de leer palabras tuyas. Con aprecio, tu amigo.
** ** ** 

Él iba nervioso, demasiado. La cuestión era que hoy había acordado con Victorique verse un rato antes de clases. Era primera vez que lo hacían. Así que eligieron un lugar cómodo afuera cerca de la universidad, donde él llegó puntual, agarró puesto y se puso a esperar.

Ella llegó media hora después, cosa que le dio igual a él. Se acomodaron e iniciaron una conversación algo nerviosa. Lo normal. Hablaron de sus familias, de las clases, de sus gustos; se contaron chistes y una que otra frase coqueteadora. La conversación tuvo casi una hora de duración y no siguió porque ambos tenían compromiso en estar en la clase. Así que se despidieron y se fueron por separados, no sin antes haber acordado verse de nuevo al siguiente día en el mismo lugar.

Efectivamente, se volvieron a ver bien temprano al siguiente día. Él estaba más nervioso que el día anterior. Sabía muy bien que se estaba enamorando demasiado de ella y parecía que Victorique también iba correspondiendo.

Ella volvió a llegar un poco tarde, pero eso ya era parte del ritual, de la tensión, del nerviosismo, de la intensidad que estaba tomando la relación de amistad. Pidieron un pedazo de quesadilla y un café cada uno, para que el hambre no hiciera muy sensibles los nervios. Volvieron a platicar sobre la vida de cada uno.

A medida que iba pasando el tiempo, el hambre se fue yendo y la atmósfera se fue poniendo más intensa. Sus cuerpos se iban acercando cada vez más; era una especie de magnetismo que ellos no podían rechazar, es más, se dejaban llevar. Las palabras se fueron convirtiendo cada vez más en susurros; ahora lo que importaban eran las miradas, los latidos cada vez más rápidos del corazón, la transpiración cada vez más acelerada, la atracción corporal y el deseo de hacer algo más que expulsar palabras. Y sucedió. Ella acercó despacio su cara a la de él hasta que los labios de ambos conectaron, hubo ojos cerrados -aquí las miradas son en otro mundo-y la razón perdió su consciencia, los sentimientos y emociones fluyeron en cada vena y en cada arteria como ríos de agua viva, de esa que rejuvenece, de esa que regresa la existencia perdida, de esa que trae recuerdos que reaniman… Cuando hubo pasado ese lapso de éxtasis de nivel menor –el nivel mayor tiene otro nombre- ya no hubo qué decir. Solo sonrieron como cuan par de chiquillos inocentes que se dan cuenta que han hecho una travesura de esas de verdad, de esas que dejan muchas ganas de más. Así que como hay que aprovechar el tiempo, entre sonrisa y sonrisa picarona repitieron el momento, acompañado de unos abrazos, otro par de veces.

Poco después se marcharon. Allí en la mesa quedó un pedazo de quesadilla y un vaso con el café tibio. No les importó, el gusto y el hambre ya lo llevaban satisfecho.

Lunes 20 de abril
Amigo mío, he estado dudando en si seguirte escribiendo, ya que no he obtenido respuesta al telegrama que te he enviado. Creo, y lo intuyo, que quizá no lleguen a su destino, no porque se extravíen, sino porque ya no existe, porque si existiera al menos a quien le llegaran mis escritos me escribiera para notificarme que me estoy equivocando de dirección postal. Saber dónde habrás ido a parar, Moisés; espero que algún día te pueda volver a leer, o espero, en el mejor de los casos, que esté bien. Te cuento Moisés que estoy saliendo con Victorique, seguido nos vemos a buena mañana; qué agradable es verla, abrazarla, besarla…  me he enamorado como no te imaginas. No tienes idea de cómo paso pendiente de ella todo el día, de cómo deseo que las noches pasen rápido para verla en la mañana; su belleza me ha eclipsado. Ahora, hasta a dar la clase llego motivado, tanto que mi obsesión no es dar las clases, sino que verla a ella, allí, apostada en la primera fila, comiendo algo como aquel primer día, como todos los días.  Qué me encanta verla, de verás, Moises; me está enloqueciendo….  Ya lo sabes amigo, que cuando estás enamorado hasta las locuras que haces o piensas son parte del puzzle que le da sentido a esa historia que quieres construir con esa persona, así ¿qué se le va a hacer al amor? Con aprecio, tu amigo.
** ** **

Él y Victorique se seguían viendo. La relación que habían creado tenía sus horas altas y bajas, pero los deseos y los sentimientos seguían al rojo vivo. Se veía seguido antes de las clases. Desayunaban besos, abrazos, miradas, sonrisas y algunas risas. Sublime menú para envidiarlo.

Siempre se seguían viendo en el mismo lugar. A la misma hora, aunque en realidad nunca era a la misma, pero eso se había vuelto una rutina muy deseable.

En un día de esos, ella le contó su “historia oculta” a él. “Había un reino donde vivía una princesa con su príncipe – comenzó contando-. Eran felices desde que empezaron a vivir juntos. Pero un día –continuó-  el príncipe se metió con una plebeya y le fue desleal muchas veces a la princesa. Desde entonces la princesa empezó a vivir triste y a sentirse abandonada, por lo que cuando el príncipe no estaba, ella salía afuera del castillo para sacar sus desconsuelos y amarguras. En una de esas salidas conoció un caballero que pasaba seguido por allí, hicieron una amistad y él se mostró dispuesto a escuchar sus desahogos. El caballero le dio una importancia que el príncipe ya no le daba, y la princesa empezó a sentirse menos solitaria y más consolada. Ella empezaba a recobrar su autoestima y a reconocer su gran valor como la princesa hermosa de aquel reino que era. Y la amistad empezó a trascender más. Ella le presentó a su pequeño principito y el caballero se hizo amigo del chiquillo, porque el caballero sabía que el principito era parte inseparable de la belleza de la madre. Fue así como el caballero y la princesa formaron una nueva vida….”.

Cuando ella terminó de contar la historia, él estaba sorprendido. Le había parecido una maravillosa historia, pero sobre todo estaba sorprendido por el paralelismo que contenía con la historia que ellos dos llevaban desde que aquella primera vez que salieron.  Aun así, él no supo qué responder, por lo que se solo sonrío y le dio un beso en la mejilla, cerca de los labios, para sentir la respiración de ella…

Lunes 11 de mayo

Estoy emocionado, Moisés, ¡sigues leyendo mis caras! Pensé que ya no lo hacías y te había perdido para siempre. Por cierto, gracias por los consejos, y regaños por supuesto, que me has dado. Lo has entendido muy bien de que solo a ella tengo, solo ella me ha comprendido como lo necesito, solo ella ha entendido mi vida y mi valor. Ella vale mucho la verdad, Moisés. Eso ha sido lo que me ha encantado mucho de ella: su forma de comprender el mundo que subyace en mi interior. Una mujer así vale mucho, de eso estamos muy de acuerdo. Lo concluimos aquel atardecer que discutíamos bajo la sombra del copinol: una mujer hermosa y que comprenda nuestros temores y anhelos, es una mujer que vale más que el universo y todo el poder de atracción de las constelaciones, porque pocas son las que están dispuestas a escucharte y saber estar allí aunque uno parezca una rareza. Victorique lo ha hecho. Victorique es un amor, Moisés, un amor de verdad… Es que la verdad, me enamoré de ella, tanto es el deseo que ha despertado en mí, tanto como el deseo que tengo de vivir; podría decirte que quizá tengo tanto deseo de vivir, pero de vivir una historia con ella. Sé que es una locura, y espero que no te sorprenda, que ahora hasta el cielo estrellado me recuerde sus lunares y la luna llena sus ojos de rubí.
** ** ** 

El ciclo de estudio ha terminado en la universidad. En la mañana, fue la última vez que probablemente se vea con Ella. La conversación tuvo un sabor a despedida. Aunque se deseaban, había muchas cosas que lo hacían imposible, a menos a corto plazo. Lo de ellos era una especie de historia que fue, pero quería seguir siendo. Pero de algo no se podían quejar: había sido una historia maravillosa, corta pero para recordarla siempre.

Así que después de la entrega de últimas evaluaciones fue que se dieron la última mirada de ese día, y quizá la final. Habían acordado seguir hacia adelante, pasara lo que pasara, como la ley de Murphy, no se sabía si lo que iba a pasar sería bueno o malo, pero era inevitable. Tal vez, pronto o más adelante volvieran a coincidir.

Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue guardar su agenda personal. Era un valioso artefacto, porque en ella estaba su único recuerdo concreto de ella: conversaciones escritas por la mismísima letra de ella. Una joya. Una reliquia.

Lunes 22 de junio

Tengo la necesidad de escribirte, Moisés, he andado algo triste estos días. Sé que quizá mis cartass ya no te lleguen por el problema que me contaste en la carta anterior, pero escribirte me reconforta, me aliviana, me relaja. Quizá hoy haya sido el último día que haya visto a Victorique. Eso me ha puesto algo sentimental, aunque no lo quisiera ver como algo malo, sino como una historia que fue hermosa. ¿La vida es hermosa o es mala?, nos preguntamos cierta vez mientras tratábamos de descifrar la constelación de Orión aquel anochecer bajo la sombra del copinol. La vida nunca es mala, me dijiste, la vida es hermosa, te da experiencias que solo suceden una vez en toda corta vida, tal vez no tengan un buen fin, proseguiste, pero te deja recuerdos, sensaciones, placeres y alegrías que vale la pena valorar. Es mejor verla así, concluiste. Eso lo que he tratado de hacer, Moisés, pero también es cierto que no podemos evitar cierta melancolía… aun así, ella va ser parte de esa historia que tiene recuerdos, placeres y alegrías que vale la pena recordar. Era una cosa de otro mundo tenerla cerca, abrazarla, besarla y susurrarle al oído. Me hubiera encantando haber experimentado nuestros cuerpos juntos para sentir el éxtasis de primer nivel,  vivir “la pequeña muerte” como le llamaba aquél loco psiquiatra inglés a ese estado de cúspide sexual, o cómo tú lo decías con aquella frase célebre: “dos mundos locos chocando para crear un caos de satisfacción”. Victorique siempre será la chica de la mirada tímida y el pelo rubio que recordaré, Moisés, y si llegas a leer esta carta serás el testigo de mis palabras…
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Ya hace más de tres meses que él y ella ya no se ven; a duras penas que se enviaron una carta cada uno, pero ya no pasó a más. Él siguió dando clases en la universidad. Ella ya no volvió a aparecer por ese lugar. Cuando él da clases, siempre busca su mirada tímida entre todas sus alumnas, sin resultado alguno. Así, las clases ya no tienen esa mística, ese nerviosismo, esa sensación que él sentía de estar clandestinamente siendo mirado por ella. Un juego de miradas que alguna vez tuvo amor.

Epílogo

Las cartas siempre llegaban puntual al buzón cada mañana.  El señor desde la primera carta sintió cierta curiosidad por leer una historia de amor de alguien que desconocía. No se llamaba Moisés, pero sí se hizo pasar por él, porque creía que con ello iba a obtener la oportunidad extraordinaria de ser el lector de una historia que sucedía en alguna parte del mundo, con dos enamorados que desconocían pero que expresaban sentimientos que toda la especie humana experimentaba. En esas cartas podía visualizar el sentir universal hacia el amor.

Una noche, tres meses después de la última carta que había recibido, supuso que ya era demasiado tiempo para seguir esperando el próximo, intuyó, con razón, que la historia ya había terminado, al menos temporalmente, así que decidió juntar todas las cartas y quemarlas en la chimenea, como una especie de ritual. Fue a buscar las cartas a su biblioteca. Estaban entre las hojas de un libro literario, que exactamente entre las dos páginas en que se quedaban apresadas las cartas, había una frase que había sido marcada con color y decía “Pero te quise, y te quiero, aunque estemos destinado a no ser”. 

Encendió la chimenea, atizó el fuego lo suficiente y tiró allí las cartas. El fuego devoró poco a poco cada papel. Hilos de humo más espeso que lo normal empezaron a invadir un poco la sala donde estaba la chimenea. El hilo más grande seguía un recorrido diagonal, hasta que encontró la abertura de la ventana, allí el viento se apropió se ese humo místico y lo elevó como telegramas hacia el cielo, el cielo estrellado en cuyo interior guardaba un corazón azul…

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