Telegramas al cielo estrellado
Era una chica casi trigueña y pelo casi rubio, en realidad no estuvo seguro que fuera rubio, pero le parecía que lo fuera, de todos modos, nunca se había aprendido los colores…
Se presentó personalmente y dijo
algunas palabras de motivación antes de pasar a dar la primera clase. Durante
las dos horas que duró la clase, de vez en cuando le tiraba alguna su mirada a
la chica del pelo supuestamente rubio y mirada agradable, aunque claro,
disimuladamente, al menos así cría él, porque la verdad es que nunca había sido
bueno para mostrar disimulo.
Después de dos horas clases, fue
tiempo de retirarse. Se despidió de sus alumnos. Pasó a firmar a la oficina de
la dirección y posteriormente se largó a casa.
El trayecto a casa fue una labor
de reflexión para él. Le había agradado el ambiente que encontró en el aula y,
además, se había llevado una buena impresión de sus alumnos. Pero esa mirada,
la de la chica de pelo cuasi rubio, también le había hecho reflexionar; algo
tenía ella que había despertado en él ciertos sentimientos de un solo disparo,
aunque pensaba, sin duda, que ella tenía cierta belleza que le llamaba la
atención.
Llegó a casa y se dispuso a
guardar sus libros. Almorzó y después se fue a dormir un rato en su hamaca de
pita, de todos modos vivía solo y nadie lo podría molestar. Aproximadamente una
hora después despertó. Se fue a encerrar a su biblioteca para preparar las
clases del siguiente día. Mientras desempolvaba en su archivero ciertos papeles
que consideraba que le podrían ser útiles, se encontró con el código postal de
su gran amigo Moisés. Sintió alegría y ganas de escribirle, así que no perdió
tiempo en cumplir con el deseo.
Martes 24 de marzo
Estimado
Moisés, espero que te encuentres de maravilla en esa tierra que tanto soñaste.
Decirte que te echo de menos amigo, tanto tiempo sin verte, tanto tiempo sin
contarnos las historias de nuestra vida cotidiana; aquellos atardeceres en que
nos sentábamos bajo la sombra del copinol para filosofar, para encontrarle
sentido a la vida, para admirar el cielo estrellado. Qué tiempos aquellos,
amigo mío, tiempos de ganancias, tiempos de sacar las penurias y hacerle
catarsis al alma. De todos modos, tal como lo intuimos varias veces bajo el
bendito árbol, la vida sigue rumbos insospechados, y de la nada aquel ritual
sagrado se rompió al mismo tiempo que se rompió nuestra cercanía, tú viajaste
hacia la tierra de tus sueños, mientras que yo me quedé viendo envejecer el
dichoso copinol. Quizá el destino, quizá la suerte, quizá alguna mano divina,
no lo sé, pero me encontré el código postal que me dejaste para que te
escribiera, como una continuación para relatarnos nuestras historias y que por
muchas razones no se cumplió vuestro deseo... Pero, como ves, aquí te escribo,
Moisés, esperando que lleguen a tu destino. Tengo mucho que contarte, quizá
hasta saldría mejor escribirte un libro… pero no importa, últimamente me han
sucedido experiencias que te hubiera gustado escucharlas, pero igual, aquí te
cuento algo. Después de dos años trabajando en la escuela del pueblo, me han
dado la oportunidad de ser maestro en la universidad, aquella donde siempre
soñaste ir y la pobreza no te dejó. No te imaginas la felicidad que me irradió
esa oportunidad que me dieron. Hoy di mi primera clase, y me fue de maravilla,
Moisés, de maravilla de verás, todo salió según lo planeado. Pero sé que eso no
es lo que te hubiera emocionado tanto, sino que sucede que comprobé nada más y
nada menos ¡la existencia del amor a primera vista! Oh, el tema de exclusivas
discusiones en aquellos tiempos. Cómo las recuerdo. Sé que te vas a reír,
siempre estuvimos de acuerdo en que semejante cuestión era pura fantasía. Pero
qué hermosa mujer que es esa alumna. Moisés. Estaba apostada a la entrada del
aula, lo que me permitía verla de perfil. Quedé encantado de primeras, Moisés,
encantado como esos cuentos de hadas que tanto odiabas. Su pelo, su cara, pero
sobre todo sus ojos que le daban magia a su mirada, eran encantadores. Ya no
digas cuando la escuche hablar al frente del aula… Así ya sabes cuanta
motivación ando ahorita. Ahorita mismo la estoy recordando. Creo que hasta voy
a soñar con ella. Qué experiencia para contarlo bajo el sagrado copinol,
hubiéramos armado un buen debate, de esos largos y brillantes… Pero ni modo, es
lo que tenemos. Espero no haberte aburrido con este breve escrito. Te mantendré
al tanto amigo, espero que esta carta llegue a tu destino. Te adjunto mi
dirección postal, espero puedas responder. Con aprecio, tu amigo.
** ** **
Después de un par de día él se
animó a hablarle a la salida de la clase. La abordó mientras se dirigía hacia
el pasillo principal de la universidad.
- Hola muchacha que siempre se
sienta hasta atrás para poder comer en clases.
-Jaja, ¿por qué lo dice, usted?-
dijo ella poniendo cara con algo de pena-.
-Porque es lo que veo en las
clases. ¿O no es verdad?
-Jaja. Solo a veces, raras veces,
usted.
-Mmm, pero en la clase siempre te
veo comiendo, pero no te preocupes, cuando el hambre llama, hay que comer
porque es un mandato de la naturaleza.
-Ya ve, por eso lo hago, jaja.
-Y por eso lo seguirás haciendo-
le dijo él con ironía-. Te dejo, nos vemos el próximo día.
-Gracias. Adiós profesor.
La plática fue amena, cortísima pero
fundamental para él Para romper el
hielo. Para ganar terreno. La amabilidad de ella era un buen índice para
empezar a conocerse mejor, eso sí, se había mostrado muy tímida pero no era
algo de qué preocuparse.
Jueves 9 de abril
Cuánto me
alegra saber que estás muy bien amigo, no sabes la felicidad que sentí al saber
que tienes familia y trabajo, que estás encantado con la ciudad de tus sueños.
Entiendo que casi no podrás leer mis cartas, pero igualmente cumpliré con
mantenerte al tanto, si eso te hace tanto bien, Moisés, aunque tal vez ya no me
vuelvas a leer, tal como me lo has hecho saber. Aun así, te vuelvo a escribir,
recordando que la esperanza es lo último que se pierde. ¿Cuándo se pierde la
esperanza?, fue una de las preguntas que nos hicimos cierta tarde. No logramos
llegar a una repuesta definitiva, pero estuvimos de acuerdo que mientras exista
la vida siempre hay esperanza, porque la vida misma es esperanza. Así que te
escribo, nuevamente, con la esperanza de que leas algún día mis telegramas y me
des tu opinión, amigo. En cuanto a la chica del amor de primera vista (sabías
que ibas a tomar tan en gracia esta cuestión), ya conozco su nombre:
Victorique. Hemos platicado un poco y déjame decirte que tiene una hermosa voz,
dulce y suave, que enamora. Sencilla y sensual a la vez. Si tuvieras la
oportunidad de conocerla, Moisés, estarías de acuerdo en darme la razón sobre
el amor a primera vista., o quizá no, ya que siempre fuiste un tipo duro de
convencer a la primera. Ya veremos, y te mantendré al tanto del rumbo que toma
esta historia que me empieza a fascinar. Una última cosa, si puedes
responderme, hazlo, estaría agradecido de leer palabras tuyas. Con aprecio, tu
amigo.
Él iba nervioso, demasiado. La
cuestión era que hoy había acordado con Victorique verse un rato antes de
clases. Era primera vez que lo hacían. Así que eligieron un lugar cómodo afuera
cerca de la universidad, donde él llegó puntual, agarró puesto y se puso a
esperar.
Ella llegó media hora después,
cosa que le dio igual a él. Se acomodaron e iniciaron una conversación algo
nerviosa. Lo normal. Hablaron de sus familias, de las clases, de sus gustos; se
contaron chistes y una que otra frase coqueteadora. La conversación tuvo casi
una hora de duración y no siguió porque ambos tenían compromiso en estar en la
clase. Así que se despidieron y se fueron por separados, no sin antes haber
acordado verse de nuevo al siguiente día en el mismo lugar.
Efectivamente, se volvieron a ver
bien temprano al siguiente día. Él estaba más nervioso que el día anterior.
Sabía muy bien que se estaba enamorando demasiado de ella y parecía que
Victorique también iba correspondiendo.
Ella volvió a llegar un poco
tarde, pero eso ya era parte del ritual, de la tensión, del nerviosismo, de la
intensidad que estaba tomando la relación de amistad. Pidieron un pedazo de
quesadilla y un café cada uno, para que el hambre no hiciera muy sensibles los
nervios. Volvieron a platicar sobre la vida de cada uno.
A medida que iba pasando el
tiempo, el hambre se fue yendo y la atmósfera se fue poniendo más intensa. Sus
cuerpos se iban acercando cada vez más; era una especie de magnetismo que ellos
no podían rechazar, es más, se dejaban llevar. Las palabras se fueron
convirtiendo cada vez más en susurros; ahora lo que importaban eran las
miradas, los latidos cada vez más rápidos del corazón, la transpiración cada
vez más acelerada, la atracción corporal y el deseo de hacer algo más que
expulsar palabras. Y sucedió. Ella acercó despacio su cara a la de él hasta que
los labios de ambos conectaron, hubo ojos cerrados -aquí las miradas son en
otro mundo-y la razón perdió su consciencia, los sentimientos y emociones
fluyeron en cada vena y en cada arteria como ríos de agua viva, de esa que
rejuvenece, de esa que regresa la existencia perdida, de esa que trae recuerdos
que reaniman… Cuando hubo pasado ese lapso de éxtasis de nivel menor –el nivel
mayor tiene otro nombre- ya no hubo qué decir. Solo sonrieron como cuan par de
chiquillos inocentes que se dan cuenta que han hecho una travesura de esas de
verdad, de esas que dejan muchas ganas de más. Así que como hay que aprovechar
el tiempo, entre sonrisa y sonrisa picarona repitieron el momento, acompañado
de unos abrazos, otro par de veces.
Poco después se marcharon. Allí
en la mesa quedó un pedazo de quesadilla y un vaso con el café tibio. No les
importó, el gusto y el hambre ya lo llevaban satisfecho.
Lunes 20 de abril
Amigo
mío, he estado dudando en si seguirte escribiendo, ya que no he obtenido
respuesta al telegrama que te he enviado. Creo, y lo intuyo, que quizá no
lleguen a su destino, no porque se extravíen, sino porque ya no existe, porque
si existiera al menos a quien le llegaran mis escritos me escribiera para
notificarme que me estoy equivocando de dirección postal. Saber dónde habrás
ido a parar, Moisés; espero que algún día te pueda volver a leer, o espero, en
el mejor de los casos, que esté bien. Te cuento Moisés que estoy saliendo con
Victorique, seguido nos vemos a buena mañana; qué agradable es verla, abrazarla,
besarla… me he enamorado como no te
imaginas. No tienes idea de cómo paso pendiente de ella todo el día, de cómo
deseo que las noches pasen rápido para verla en la mañana; su belleza me ha
eclipsado. Ahora, hasta a dar la clase llego motivado, tanto que mi obsesión no
es dar las clases, sino que verla a ella, allí, apostada en la primera fila,
comiendo algo como aquel primer día, como todos los días. Qué me encanta verla, de verás, Moises; me
está enloqueciendo…. Ya lo sabes amigo,
que cuando estás enamorado hasta las locuras que haces o piensas son parte del
puzzle que le da sentido a esa historia que quieres construir con esa persona,
así ¿qué se le va a hacer al amor? Con aprecio, tu amigo.
** ** **
Él y Victorique se seguían viendo.
La relación que habían creado tenía sus horas altas y bajas, pero los deseos y
los sentimientos seguían al rojo vivo. Se veía seguido antes de las clases.
Desayunaban besos, abrazos, miradas, sonrisas y algunas risas. Sublime menú
para envidiarlo.
Siempre se seguían viendo en el
mismo lugar. A la misma hora, aunque en realidad nunca era a la misma, pero eso
se había vuelto una rutina muy deseable.
En un día de esos, ella le contó
su “historia oculta” a él. “Había un reino donde vivía una princesa con su príncipe
– comenzó contando-. Eran felices desde que empezaron a vivir juntos. Pero un
día –continuó- el príncipe se metió con
una plebeya y le fue desleal muchas veces a la princesa. Desde entonces la
princesa empezó a vivir triste y a sentirse abandonada, por lo que cuando el
príncipe no estaba, ella salía afuera del castillo para sacar sus desconsuelos
y amarguras. En una de esas salidas conoció un caballero que pasaba seguido por
allí, hicieron una amistad y él se mostró dispuesto a escuchar sus desahogos.
El caballero le dio una importancia que el príncipe ya no le daba, y la
princesa empezó a sentirse menos solitaria y más consolada. Ella empezaba a
recobrar su autoestima y a reconocer su gran valor como la princesa hermosa de
aquel reino que era. Y la amistad empezó a trascender más. Ella le presentó a
su pequeño principito y el caballero se hizo amigo del chiquillo, porque el
caballero sabía que el principito era parte inseparable de la belleza de la
madre. Fue así como el caballero y la princesa formaron una nueva vida….”.
Cuando ella terminó de contar la
historia, él estaba sorprendido. Le había parecido una maravillosa historia,
pero sobre todo estaba sorprendido por el paralelismo que contenía con la
historia que ellos dos llevaban desde que aquella primera vez que
salieron. Aun así, él no supo qué
responder, por lo que se solo sonrío y le dio un beso en la mejilla, cerca de
los labios, para sentir la respiración de ella…
Lunes 11 de mayo
Estoy
emocionado, Moisés, ¡sigues leyendo mis caras! Pensé que ya no lo hacías y te
había perdido para siempre. Por cierto, gracias por los consejos, y regaños por
supuesto, que me has dado. Lo has entendido muy bien de que solo a ella tengo,
solo ella me ha comprendido como lo necesito, solo ella ha entendido mi vida y
mi valor. Ella vale mucho la verdad, Moisés. Eso ha sido lo que me ha encantado
mucho de ella: su forma de comprender el mundo que subyace en mi interior. Una
mujer así vale mucho, de eso estamos muy de acuerdo. Lo concluimos aquel
atardecer que discutíamos bajo la sombra del copinol: una mujer hermosa y que
comprenda nuestros temores y anhelos, es una mujer que vale más que el universo
y todo el poder de atracción de las constelaciones, porque pocas son las que
están dispuestas a escucharte y saber estar allí aunque uno parezca una rareza.
Victorique lo ha hecho. Victorique es un amor, Moisés, un amor de verdad… Es
que la verdad, me enamoré de ella, tanto es el deseo que ha despertado en mí,
tanto como el deseo que tengo de vivir; podría decirte que quizá tengo tanto
deseo de vivir, pero de vivir una historia con ella. Sé que es una locura, y
espero que no te sorprenda, que ahora hasta el cielo estrellado me recuerde sus
lunares y la luna llena sus ojos de rubí.
El ciclo de estudio ha terminado
en la universidad. En la mañana, fue la última vez que probablemente se vea con
Ella. La conversación tuvo un sabor a despedida. Aunque se deseaban, había
muchas cosas que lo hacían imposible, a menos a corto plazo. Lo de ellos era
una especie de historia que fue, pero quería seguir siendo. Pero de algo no se
podían quejar: había sido una historia maravillosa, corta pero para recordarla
siempre.
Así que después de la entrega de
últimas evaluaciones fue que se dieron la última mirada de ese día, y quizá la
final. Habían acordado seguir hacia adelante, pasara lo que pasara, como la ley
de Murphy, no se sabía si lo que iba a pasar sería bueno o malo, pero era
inevitable. Tal vez, pronto o más adelante volvieran a coincidir.
Cuando llegó a casa, lo primero
que hizo fue guardar su agenda personal. Era un valioso artefacto, porque en
ella estaba su único recuerdo concreto de ella: conversaciones escritas por la
mismísima letra de ella. Una joya. Una reliquia.
Lunes 22 de junio
Tengo la
necesidad de escribirte, Moisés, he andado algo triste estos días. Sé que quizá
mis cartass ya no te lleguen por el problema que me contaste en la carta
anterior, pero escribirte me reconforta, me aliviana, me relaja. Quizá hoy haya
sido el último día que haya visto a Victorique. Eso me ha puesto algo
sentimental, aunque no lo quisiera ver como algo malo, sino como una historia
que fue hermosa. ¿La vida es hermosa o es mala?, nos preguntamos cierta vez mientras
tratábamos de descifrar la constelación de Orión aquel anochecer bajo la sombra
del copinol. La vida nunca es mala, me dijiste, la vida es hermosa, te da
experiencias que solo suceden una vez en toda corta vida, tal vez no tengan un
buen fin, proseguiste, pero te deja recuerdos, sensaciones, placeres y alegrías
que vale la pena valorar. Es mejor verla así, concluiste. Eso lo que he tratado
de hacer, Moisés, pero también es cierto que no podemos evitar cierta
melancolía… aun así, ella va ser parte de esa historia que tiene recuerdos,
placeres y alegrías que vale la pena recordar. Era una cosa de otro mundo
tenerla cerca, abrazarla, besarla y susurrarle al oído. Me hubiera encantando
haber experimentado nuestros cuerpos juntos para sentir el éxtasis de primer
nivel, vivir “la pequeña muerte” como le
llamaba aquél loco psiquiatra inglés a ese estado de cúspide sexual, o cómo tú
lo decías con aquella frase célebre: “dos mundos locos chocando para crear un
caos de satisfacción”. Victorique siempre será la chica de la mirada tímida y
el pelo rubio que recordaré, Moisés, y si llegas a leer esta carta serás el
testigo de mis palabras…
** ** **
Ya hace más de tres meses que él
y ella ya no se ven; a duras penas que se enviaron una carta cada uno, pero ya
no pasó a más. Él siguió dando clases en la universidad. Ella ya no volvió a
aparecer por ese lugar. Cuando él da clases, siempre busca su mirada tímida
entre todas sus alumnas, sin resultado alguno. Así, las clases ya no tienen esa
mística, ese nerviosismo, esa sensación que él sentía de estar clandestinamente
siendo mirado por ella. Un juego de miradas que alguna vez tuvo amor.
Epílogo
Las cartas siempre llegaban
puntual al buzón cada mañana. El señor
desde la primera carta sintió cierta curiosidad por leer una historia de amor
de alguien que desconocía. No se llamaba Moisés, pero sí se hizo pasar por él,
porque creía que con ello iba a obtener la oportunidad extraordinaria de ser el
lector de una historia que sucedía en alguna parte del mundo, con dos
enamorados que desconocían pero que expresaban sentimientos que toda la especie
humana experimentaba. En esas cartas podía visualizar el sentir universal hacia
el amor.
Una noche, tres meses después de
la última carta que había recibido, supuso que ya era demasiado tiempo para seguir
esperando el próximo, intuyó, con razón, que la historia ya había terminado, al
menos temporalmente, así que decidió juntar todas las cartas y quemarlas en la
chimenea, como una especie de ritual. Fue a buscar las cartas a su biblioteca.
Estaban entre las hojas de un libro literario, que exactamente entre las dos
páginas en que se quedaban apresadas las cartas, había una frase que había sido
marcada con color y decía “Pero te quise, y te quiero, aunque estemos destinado
a no ser”.



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